Hoy no es un día para la celebración. Es un día oscuro para el Derecho Internacional, para la Carta de las Naciones Unidas y para la ya maltrecha idea de un orden mundial basado en normas. Hoy una potencia, Estados Unidos, ha vuelto a decidir que la ley es un estorbo cuando choca con sus intereses. Ha atacado Venezuela y ha sacado del país a Nicolás Maduro, un dictador que convirtió a una nación rica en recursos en un país empobrecido, que secuestró elecciones, persiguió a la oposición y se autoproclamó presidente al margen de cualquier garantía democrática. Conviene decirlo sin ambigüedades: Maduro era un dictador. Su régimen fue una tragedia para el pueblo venezolano. Su caída era necesaria. Pero lo que hoy se ha consumado no es una victoria de la democracia, sino el certificado de defunción del sistema internacional tal y como lo conocíamos. Hemos asistido al fracaso absoluto de los organismos multilaterales, incapaces de mediar, de imponer la ley, de defender los derechos humanos y de ofrecer una salida pacífica y legal a un conflicto que llevaba años desangrando a Venezuela.
Y, sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es solo cómo cae Maduro, sino quién decide cómo, cuándo y por qué cae.
La agresión contra Venezuela se ha envuelto en un discurso moral: la defensa de la democracia, la liberación de un pueblo oprimido, el fin de una dictadura. Pero esa retórica se deshace cuando se observa la estrategia de la administración Trump. Lo que hay detrás no es altruismo democrático, sino una política desnuda de poder, orientada a la apropiación de recursos estratégicos imprescindibles para sostener la hegemonía económica, militar y geopolítica de Estados Unidos. Petróleo, litio, coltán, rutas logísticas, posiciones clave en el comercio global: esa es la verdadera agenda.
No es un hecho aislado. Panamá, Colombia, México, Groenlandia, Nigeria y otros territorios han sido señalados directa o indirectamente por la misma razón y en otros como Ucrania ya quedo clara la posición y el acuerdo por recursos exigido al presidente ucraniano en un bochornoso espectaculo televisado. En definitiva, todos estos países comparten algo esencial: recursos y valor estratégico. Esta lógica no es nueva. Es vieja, peligrosa y conocida. Es la misma que en el siglo XX hablaba de “espacio vital” para justificar conquistas, invasiones y saqueos. Hitler la utilizó para alimentar la maquinaria nazi. El Japón imperial la empleó para legitimar su expansión. Hoy Trump no necesita tanques con simbología totalitaria: le basta con discursos grandilocuentes y con la fuerza bruta del imperio.
Las palabras ya lo han dejado claro. Trump ha señalado que tomará el petróleo venezolano y que decidirá quién gobierna el país. No habla de elecciones libres, ni de soberanía popular, ni de un proceso liderado por el pueblo venezolano. Habla como quien reparte un botín. Venezuela pasa a ser una pieza más en el tablero, no un sujeto con derecho a decidir su futuro.
Las consecuencias de este acto son devastadoras.
Primero, se legitima la intervención unilateral como norma. Estados Unidos se arroga el derecho de intervenir en Latinoamérica —y en cualquier otra región— cuando un gobierno no se alinee con sus intereses o las necesidades vitales determinadas por EEUU requieran de determinados recursos ajenos. Es un mensaje claro: la democracia solo es válida si obedece y da lo que la maquinaría del nuevo EEUU requiere en su lucha por la hegemonía global frente a un nuevo choque de bloques con China y otros nuevos agentes del mapa global.
Segundo, el precedente es global. La misma lógica podrá ser utilizada por China en su entorno o por Rusia en el suyo para intervenir en regiones del mundo, ahora nos demuestra la lógica del acuerdo gestado por Trump en Ucrania con el reparto del país para Rusia y para EEUU . En definitiva, si la democracia se convierte en una excusa flexible, el mundo entra en una fase de arbitrariedad permanente a golpe del interés de las potencias.
Tercero, el Derecho Internacional queda reducido a papel mojado y Naciones Unidas se confirma como un organismo irrelevante, incapaz de frenar a los poderosos o de proteger a los débiles.
Cuarto, se acelera la polarización del planeta y la lógica de bloques, empujándonos hacia un escenario de confrontación creciente, donde los conflictos se multiplican y la diplomacia desaparece.
Con todo este hecho nos acerca no a luz sino a la oscuridad de unos movimientos de fichas que podrían determinar un conflicto escalado y global entre gigantes que hoy se mueven para expandir sus áreas de influencia.
En definitiva, que Venezuela recupere la democracia es imprescindible. Que terminen la represión y la miseria es urgente. Que Maduro no vuelva jamás al poder es una necesidad histórica. Pero no podemos confundir el fin de una dictadura con la legitimación de un nuevo autoritarismo global.
No se puede aplaudir la libertad con una mano mientras se acepta el chantaje y la violencia imperial con la otra. No se puede denunciar a un dictador y callar ante un fascista con traje y corbata. Porque cuando la democracia se impone a punta de pistola, deja de ser democracia y se convierte en dominación.
Maduro cayó como dictador. Trump actúa como algo aún más peligroso un nuevo líder fascista del Siglo XXI que congreja a otros representantes en países de todo el mundo bajo el Trumpismo populista que hoy azota el propio concepto de la democracia . Y la historia, cuando se repite, nunca lo hace como farsa para quienes la sufren.
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