“Quién NO debería ser CEO: los perfiles que destruyen empresas sin darse cuenta”

|

Hablar de liderazgo empresarial suele centrarse en virtudes, habilidades y modelos de éxito. Sin embargo, una parte fundamental del análisis —y una de las menos abordadas— es entender quién no debería ser CEO. Esta omisión no es menor. En la práctica, muchas empresas no fracasan por malas ideas o falta de oportunidades, sino porque el rol de CEO es ocupado por personas que no están preparadas para ejercerlo, aunque tengan buenas intenciones, experiencia previa o reconocimiento social.


El primer perfil que no debería ser CEO es el líder que confunde control con liderazgo. Este tipo de persona cree que dirigir consiste en supervisar cada decisión, aprobar cada paso y centralizar toda la información. A corto plazo, puede parecer eficiente; a mediano plazo, paraliza la organización. Cuando el CEO necesita estar en todo, la empresa no escala. Los equipos dejan de pensar, los mandos medios se vuelven ejecutores pasivos y la innovación se asfixia.

Otro perfil frecuente es el CEO impulsivo. Este líder toma decisiones rápidas, muchas veces sin análisis suficiente, guiado por intuición o presión externa. En entornos volátiles como los latinoamericanos, la impulsividad suele confundirse con audacia. Sin embargo, la diferencia entre una y otra es el criterio. El CEO impulsivo genera inestabilidad, cambia de rumbo constantemente y desgasta a la organización con prioridades contradictorias.


El tercer perfil problemático es el CEO que no tolera la contradicción. Este líder se rodea de personas que le dan la razón, evita el debate y castiga el desacuerdo. En culturas empresariales jerárquicas, este comportamiento puede pasar desapercibido durante un tiempo, pero termina debilitando la toma de decisiones. Las empresas lideradas por CEOs que no escuchan suelen sorprenderse tarde de problemas que otros ya habían identificado.

Un caso particularmente delicado es el del fundador que no evoluciona. No todos los fundadores deberían ser CEOs permanentes. El crecimiento de una empresa exige competencias distintas en cada etapa. El fundador que se aferra al control, que se resiste a profesionalizar la gestión o que rechaza estructuras formales suele convertirse, sin darse cuenta, en el principal freno al crecimiento. Reconocer este límite no es una derrota, sino un acto de liderazgo maduro.


También está el CEO narcisista, uno de los perfiles más dañinos y, paradójicamente, más visibles. Este líder busca protagonismo constante, mide el éxito en términos de reconocimiento personal y utiliza la empresa como plataforma de validación egoica. En estos casos, las decisiones estratégicas se subordinan a la imagen, y la organización se vuelve vulnerable a errores graves. Cuando el CEO se convierte en la marca, la empresa pierde autonomía y resiliencia.

Otro perfil que no debería ocupar el cargo es el CEO excesivamente técnico. Ser experto en un área no garantiza capacidad de liderazgo estratégico. Muchos CEOs fracasan porque toman decisiones desde una lógica puramente técnica, sin considerar impacto humano, cultural o financiero. El CEO debe integrar visiones, no imponer una sola. Cuando la técnica domina sin perspectiva, la empresa se vuelve rígida y pierde capacidad de adaptación.


En América Latina aparece con frecuencia el CEO paternalista. Este líder confunde cercanía con protección excesiva. Evita decisiones difíciles para no incomodar, tolera bajo desempeño por lealtad personal y posterga cambios necesarios. Aunque suele ser bien valorado a nivel humano, este estilo termina afectando la sostenibilidad del negocio. Liderar no es agradar; es cuidar la organización incluso cuando eso implica incomodidad.

El CEO que rehúye la responsabilidad es otro perfil peligroso. Se escuda en el contexto, en el equipo o en factores externos para justificar resultados deficientes. En regiones con alta volatilidad, este comportamiento puede parecer comprensible, pero es profundamente corrosivo. El CEO existe precisamente para asumir responsabilidad cuando el entorno es adverso, no para diluirla.


Tampoco debería ser CEO quien no sabe gestionar su propio desgaste emocional. El rol exige presión constante, toma de decisiones complejas y exposición al error. Las personas que no desarrollan mecanismos de autocontrol, reflexión y equilibrio terminan reaccionando desde el cansancio, la irritabilidad o el miedo. Esto se traduce en decisiones erráticas, conflictos innecesarios y pérdida de confianza interna.


Otro perfil frecuente es el CEO excesivamente complaciente con los inversores o socios. Este líder prioriza agradar a quienes aportan capital, incluso cuando sus demandas entran en conflicto con la estrategia o la cultura de la empresa. El CEO debe equilibrar intereses, no subordinar la organización a presiones externas de corto plazo. Cuando el liderazgo se ejerce desde la complacencia, la empresa pierde rumbo.

En el contexto latinoamericano, también aparece el CEO que ignora el entorno social y cultural. Liderar sin entender el país, el mercado laboral, las dinámicas informales o las expectativas de los equipos es una forma de ceguera estratégica. El CEO que dirige desde modelos importados sin adaptación suele generar fricciones internas y decisiones desconectadas de la realidad.


Un error adicional es creer que el CEO debe ser el más carismático. El carisma puede ayudar, pero no reemplaza el criterio, la consistencia ni la capacidad de ejecución. De hecho, algunos de los peores liderazgos empresariales han sido ejercidos por personas extremadamente carismáticas, pero estratégicamente débiles. El liderazgo efectivo no necesita espectáculo permanente.

Finalmente, no debería ser CEO quien no está dispuesto a aprender. El mundo empresarial cambia constantemente, y el rol de CEO exige actualización continua. El líder que cree que ya sabe lo suficiente se vuelve obsoleto rápidamente. La humildad intelectual es una condición indispensable para sostener el cargo en el tiempo.


Entender quién no debería ser CEO es tan importante como definir el perfil ideal. No se trata de juzgar personas, sino de proteger organizaciones. El cargo de CEO no es un espacio de experimentación personal ni de validación egoica. Es una función estratégica con impacto real en la vida de muchas personas.


En América Latina, profesionalizar el liderazgo ejecutivo es una necesidad urgente. Reconocer límites, corregir errores y redefinir roles a tiempo puede marcar la diferencia entre una empresa que sobrevive y una que se estanca o desaparece. El CEO adecuado no es el más visible ni el más dominante, sino el más consciente de su responsabilidad.


Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.