Hablar de poder en el mundo empresarial suele generar incomodidad. Muchos líderes prefieren sustituir el término por conceptos más amables como influencia, liderazgo o gestión. Sin embargo, el poder es una realidad ineludible del rol de CEO. Negarlo no lo elimina; simplemente lo vuelve inconsciente. El problema no es que el CEO tenga poder, sino cómo lo ejerce, con qué límites y con qué propósito.
El CEO ocupa una posición de poder estructural. Puede decidir sobre recursos, personas, estrategias y prioridades. Estas decisiones tienen impacto directo en la vida profesional —y muchas veces personal— de quienes integran la organización. Pretender que el poder no existe o que se ejerce de manera neutral es una ilusión peligrosa. El liderazgo maduro comienza cuando el CEO reconoce su poder y asume la responsabilidad que conlleva.
En América Latina, la relación con el poder suele estar atravesada por una herencia cultural jerárquica. Muchas organizaciones replican esquemas donde la autoridad no se discute y el cuestionamiento se percibe como amenaza. En este contexto, el autoritarismo puede confundirse con liderazgo fuerte. Sin embargo, la evidencia muestra que este estilo genera obediencia superficial, pero deteriora la confianza, la innovación y el compromiso a largo plazo.
El autoritarismo no siempre se expresa de forma explícita. No requiere gritos ni imposiciones directas. Puede manifestarse a través de decisiones unilaterales constantes, falta de escucha, castigo al error o descalificación de opiniones divergentes. Estas prácticas crean un clima de temor silencioso donde las personas evitan hablar, asumir riesgos o proponer ideas. La empresa sigue funcionando, pero pierde inteligencia colectiva.
El CEO que ejerce autoridad de manera efectiva entiende que el poder no se sostiene solo por la posición, sino por la legitimidad. La legitimidad se construye cuando las decisiones son coherentes, cuando existe justicia percibida y cuando el líder actúa con integridad incluso bajo presión. Un CEO legítimo no necesita imponer constantemente; su autoridad es reconocida porque está respaldada por criterio y consistencia.
Uno de los errores más comunes es creer que ceder espacio debilita el poder. En realidad, ocurre lo contrario. El CEO que escucha, delega y permite el debate fortalece su autoridad. La participación no elimina el rol decisional del líder; lo enriquece. El problema no es escuchar, sino abdicar. El CEO eficaz escucha activamente, evalúa y decide. No gobierna por asamblea, pero tampoco desde el aislamiento.
Otro aspecto clave es la gestión del desacuerdo. En organizaciones sanas, el desacuerdo no se castiga; se canaliza. El CEO que reprime la discrepancia termina rodeado de silencio y complacencia. En cambio, el líder que permite el desacuerdo respetuoso accede a mejores decisiones. Ejercer poder no significa eliminar tensiones, sino gestionarlas de manera productiva.
En contextos latinoamericanos, donde la figura del líder suele ser personalizada, el ego representa un riesgo significativo. El CEO que asocia el poder con su identidad personal tiende a reaccionar de manera defensiva ante cualquier cuestionamiento. Esta fragilidad emocional es incompatible con el liderazgo efectivo. Separar el rol de la persona es una condición esencial para ejercer autoridad sin caer en autoritarismo.
La forma en que el CEO gestiona los errores es una de las expresiones más claras de su relación con el poder. Los líderes autoritarios castigan el error, generando culturas de ocultamiento. Los líderes maduros analizan el error, extraen aprendizajes y corrigen procesos. Esto no implica tolerar negligencia, sino diferenciar entre fallos honestos y comportamientos irresponsables. La justicia en la aplicación del poder refuerza la legitimidad.
Otro elemento central es la coherencia entre discurso y acción. El CEO que habla de empoderamiento, pero interviene en cada decisión, pierde credibilidad. El que predica transparencia, pero toma decisiones opacas, genera desconfianza. El poder se erosiona rápidamente cuando existe incoherencia. La autoridad sostenible se construye con acciones repetidas, no con declaraciones.
El CEO también ejerce poder a través de lo que decide no hacer. La omisión es una forma de poder silencioso. No intervenir ante conductas tóxicas, no corregir liderazgos destructivos o no tomar decisiones incómodas comunica permisividad. Estas omisiones suelen ser más dañinas que decisiones impopulares, porque envían señales ambiguas y debilitan la cultura organizacional.
En empresas en crecimiento, el ejercicio del poder requiere ajustes constantes. El CEO que funcionaba en una organización pequeña puede volverse autoritario sin darse cuenta al intentar mantener control en estructuras más complejas. Reconocer cuándo el estilo de liderazgo debe evolucionar es una muestra de madurez. El poder que no se adapta se vuelve rígido y termina rompiéndose.
La relación del CEO con el poder también se refleja en cómo gestiona el éxito. El líder que se atribuye los logros y delega las culpas concentra poder de manera destructiva. En contraste, el CEO que reconoce al equipo y asume responsabilidad por los fracasos fortalece su autoridad moral. El poder compartido no se diluye; se multiplica.
En América Latina, donde las empresas enfrentan presiones externas constantes, el uso del poder en momentos de crisis es particularmente revelador. Algunos CEOs recurren al autoritarismo como respuesta al miedo. Otros utilizan la crisis para reforzar cohesión, claridad y propósito. La diferencia radica en la capacidad del líder para gestionar su propia ansiedad antes de ejercer autoridad sobre otros.
El CEO que ejerce poder de manera consciente entiende que su rol no es dominar, sino sostener. Sostener decisiones difíciles, conversaciones incómodas y procesos de cambio. El autoritarismo busca obediencia inmediata; el liderazgo auténtico busca compromiso sostenible. Esta diferencia define la salud de la organización en el largo plazo.
Finalmente, ejercer autoridad sin caer en autoritarismo implica una reflexión constante sobre el propio comportamiento. El CEO no puede delegar esta tarea. Requiere autoconciencia, feedback honesto y disposición a corregir. El poder sin reflexión se vuelve arbitrario; el poder reflexivo se convierte en liderazgo.
El verdadero desafío del CEO no es acumular poder, sino usarlo de manera responsable. En un contexto empresarial cada vez más complejo, las organizaciones no necesitan líderes más duros, sino líderes más conscientes. El poder bien ejercido no se impone: se legitima. Y esa legitimidad es el activo más valioso que puede tener un CEO.
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