Las empresas no se detienen de un día para otro. El estancamiento suele ser un proceso gradual, silencioso y, en muchos casos, negado por quienes lo protagonizan. Una de las razones más incómodas de este fenómeno es que el CEO, quien en un momento fue motor de crecimiento, puede transformarse progresivamente en el principal límite para la evolución de la organización. Reconocer esta transición no es sencillo, pero es fundamental para la sostenibilidad empresarial.
En las etapas iniciales de una empresa, el CEO suele ser sinónimo de empuje. Toma decisiones rápidas, asume riesgos, construye desde la intuición y sostiene la organización con una energía que compensa la falta de estructura. En este contexto, el liderazgo personalista suele ser funcional. Sin embargo, a medida que la empresa crece, las mismas características que impulsaron el arranque pueden convertirse en un problema si no evolucionan.
El primer indicador de que el CEO comienza a frenar a la empresa es la centralización excesiva de decisiones. Lo que antes era necesario para sobrevivir se vuelve un cuello de botella para escalar. Cuando todas las decisiones relevantes —y muchas irrelevantes— deben pasar por el CEO, la organización pierde velocidad, autonomía y capacidad de respuesta. El líder deja de ser un facilitador del crecimiento y se convierte en un punto de congestión.
Otro síntoma frecuente es la resistencia al cambio. CEOs que fueron innovadores en el pasado pueden volverse conservadores cuando sienten que el crecimiento amenaza su zona de confort. Nuevas estructuras, procesos, líderes o modelos de negocio se perciben como riesgos personales más que como oportunidades estratégicas. En estos casos, el CEO protege su rol en lugar de proteger a la empresa.
En América Latina, este fenómeno es especialmente común en empresas familiares o emprendimientos exitosos que crecen rápido. El fundador–CEO suele mantener control absoluto incluso cuando la complejidad del negocio exige profesionalización. La empresa crece en tamaño, pero no en madurez. Aparecen tensiones internas, pérdida de talento clave y decisiones inconsistentes.
Un CEO impulsa el crecimiento cuando entiende que su rol debe transformarse junto con la empresa. Deja de ser ejecutor para convertirse en arquitecto. Pasa de resolver problemas a diseñar sistemas que los prevengan. Su foco se desplaza de lo operativo a lo estratégico. Cuando este cambio no ocurre, la empresa comienza a chocar contra límites invisibles.
Otro factor determinante es la relación del CEO con el talento. Los líderes que impulsan crecimiento atraen personas más capaces que ellos mismos en áreas específicas. Los que se convierten en freno suelen rodearse de perfiles dependientes o complacientes. Esta dinámica empobrece la toma de decisiones y reduce la inteligencia colectiva de la organización.
El manejo del error también marca una diferencia clara. CEOs que impulsan crecimiento utilizan el error como fuente de aprendizaje. Ajustan procesos, corrigen rumbo y fortalecen la organización. CEOs que frenan el crecimiento castigan el error, generan miedo y promueven culturas defensivas. En estas empresas, nadie arriesga, nadie innova y el crecimiento se vuelve incremental o inexistente.
La obsesión por el corto plazo es otro indicador de freno. Cuando el CEO prioriza resultados inmediatos sin considerar impacto a mediano y largo plazo, la empresa puede mostrar buenos números momentáneos, pero pierde capacidad de construir ventajas sostenibles. En mercados volátiles como los latinoamericanos, esta miopía estratégica suele justificarse como prudencia, cuando en realidad es una forma de evasión del liderazgo.
Un CEO que impulsa crecimiento tiene claridad sobre el modelo de negocio y lo revisa constantemente. No se enamora de la forma en que la empresa gana dinero; la evalúa críticamente. Cuando el CEO se aferra a modelos obsoletos por miedo a cambiar, la empresa se vuelve vulnerable a competidores más ágiles.
La comunicación interna también revela si el CEO impulsa o frena. Líderes que comunican con claridad, coherencia y consistencia generan alineación. Los que cambian de prioridades sin explicación generan confusión y desgaste. Una empresa desalineada no crece; se dispersa.
En América Latina, donde el entorno externo ya es suficientemente incierto, la confusión interna es un lujo que las empresas no pueden permitirse. El CEO que no define prioridades claras multiplica la incertidumbre y reduce la capacidad de ejecución.
Otro aspecto crítico es la relación del CEO con el poder. Los líderes que impulsan crecimiento entienden el poder como una herramienta funcional. Lo usan para decidir, proteger la estrategia y sostener cambios. Los líderes que se convierten en freno utilizan el poder para proteger su estatus, evitar cuestionamientos y mantener control. Esta diferencia determina la salud organizacional.
También es clave la disposición del CEO a ser evaluado. Los líderes que impulsan crecimiento aceptan feedback, revisan decisiones y se rodean de contrapesos. Los que se convierten en freno rechazan la crítica, deslegitiman opiniones contrarias y operan en aislamiento. Sin contraste, la toma de decisiones se empobrece.
El estancamiento empresarial rara vez se presenta como un colapso inmediato. Aparece como pérdida de dinamismo, fuga silenciosa de talento, oportunidades desaprovechadas y creciente burocracia. En muchos casos, la empresa sigue funcionando, pero deja de evolucionar. Este es el momento más peligroso, porque la inercia oculta el problema.
Reconocer que el CEO puede ser parte del problema no es un ataque personal, sino una necesidad estratégica. Empresas que logran sostenerse en el tiempo son aquellas donde el liderazgo se revisa, se adapta y, cuando es necesario, se transforma. En algunos casos, esto implica que el CEO cambie su estilo. En otros, que ceda el rol.
En América Latina, hablar de reemplazo o evolución del CEO sigue siendo tabú. Sin embargo, las empresas más maduras entienden que ningún liderazgo es eterno y que el rol debe estar al servicio del negocio, no al revés. El CEO que impulsa crecimiento es aquel que prioriza la empresa por encima de su ego.
En última instancia, la diferencia entre un CEO motor y un CEO freno no está en la intención, sino en la capacidad de adaptación. El liderazgo que no evoluciona se vuelve un límite. El liderazgo que se transforma permite que la empresa siga creciendo más allá de su fundador, de su contexto y de su etapa inicial.
Identificar esta frontera es una de las decisiones más difíciles —y más importantes— en la vida de una empresa. Y también una de las más determinantes para su futuro.
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